Mostrando entradas con la etiqueta imaginario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta imaginario. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de abril de 2012

Mientras tanto.

…te conoce el tiempo enlazado, el vagabundo erótico que somos te conoce.”
Homero Aridijis
Las mañanas del mundo se conjuntaban de vez en cuando en el centro de su cuerpo, colapsando en mil brillos  obligándola inevitablemente a retorcerse un poco antes de salir de la cama. Hoy era un día de esos.  Pese al estallido de luces, ella se resistió a levantarse, permaneció observando cómo desde su ombligo se proyectaban rayos violetas hasta el techo. Cerró los ojos y comenzó sin intención de dormir, pero sí de prolongar el sueño, a reconstruir el escenario: él estaba ahí, ocupando el lado izquierdo de la cama, aunque esa no pareciera su cama, sino la de ese mundo onírico del que se había apropiado sin pedir permiso. Sus labios ligeramente abiertos dejaban escapar un tenue silbido que no llegaba a ser molesto, ella levantó la sabana y con las luces que se colaban  entre las cortinas se auxilió para observar el cuerpo desnudo postrado a su lado. Recorrió sin pudor cada centímetro  de piel que se le ofrecía  o  por lo menos no se le negaba.  Identificó cada surco, grieta, lunar, cicatriz que aquel cuerpo poseía; imaginó entonces se trataba de un mapa,  el mapa de un mundo desconocido, de una galaxia ajena, que no le pertenecía, que nunca habitaría, pero que esta mañana se le había permitido recrear en el ensueño que precede a la vigilia.  Se preguntó entonces como sería tocarle, andar con sus dedos como peregrinos descalzos por aquellos valles, por un momento sintió la tentación de aproximar sus labios hasta el  hombro derecho, pero temió eso acabará con la fantasía, así que se limitó a mirarle, a evocar  o registrar, no estaba muy segura, el olor de aquel hombre. Se recostó un momento, perdió de vista la imagen que un segundo atrás la ocupaba y se preguntó si él también la pensaría, si bajo aquellos parpados alguna imagen de ella se colaba. ¿De qué color serían sus sueños?  Un suspiro distante, que venía desde su yo que giraba en la cama, la hizo salir del letargo, era momento de despertar.

lunes, 26 de marzo de 2012

Ella...

Ella, ese sur perpetuo, ese norte extremo, ese sabor a tierra mojada por el llanto de tres noches de  28  vidas cada una. Ella la de las ideas dispersas y las tristezas largas, la de la noche en la mirada y el verano en los dedos. Ella, ese navío olvidado en mitad del pantano. Ella la de los pies descalzos y las sonrisas en clave. La que abraza, la que hiere, la que ama, la que vive, la que olvida, la que muere, la que siente, la que piensa. Ella, la que no es ella, sino otra, siempre otra, nunca la adecuada, nunca la prudente, nunca la precisa. Ella la que escribe y la que calla. Ella, ese espejo en mitad de la nada, esa puerta sin destino, esa ventana sellada. Ella, ella que no soy yo, pero que sin saberlo yo soy un poco ella. 

viernes, 24 de febrero de 2012

...

El universo se contraía en el centro de su cuerpo, los ojos fijos en el firmamento y de a poco la levedad que no ocupa gran espacio para hacer cimbrar al infinito.  Ella conocía el resultado sinnovedad de su obra, mezclarse con el cosmos nunca debió ser un invento. Era tarde para laproducción de arrepentimientos, la creación innecesaria de soledades la rompía y no tenía forma de pararlo, no ahora.

martes, 10 de enero de 2012

Auto retrato



Soy yo  rumoraba  la noche

Soy yo  jugueteaban mis manos

Soy yo  descalza y con la cara  sucia

Soy yo  la que espera, la que vive, la que sueña

Soy yo gritaron todas

Soy yo esa  piel de fruta

Soy yo esos días sin nombre

Soy yo relámpago y calma

Soy yo   angustia y delirio

Soy yo la que piensa

Soy yo la que habla

Soy yo la que escucha


Soy yo la que no es

Soy yo  carcajada sonora

Soy yo llanto desesperado

Soy yo golpe y silencio

Soy yo todas ellas

Soy yo la bifurcación de las noches

Soy yo cuerpo de larvas

Soy yo mujer de arena

Soy yo nostalgia en las manos

Soy yo humo olvidado

Soy yo ausencia presente

Soy yo con los pies al viento

Soy yo la que habita en la sombra

Soy yo  palabra, memoria y olvido

Soy yo ventana, espejo y silencio

Soy yo corazón y espinas

Soy yo monstruo de mil cabezas

Soy yo casa embrujada

Soy yo insomnio y tristeza

Soy yo colores y excesos

Soy yo  mujer de tres ojos

Soy yo animal de mil sexos

Soy yo miedo y promesa

Soy yo murmuraba la noche

Soy yo contestaba la luna.

martes, 20 de diciembre de 2011

El tren de las 6

El tren de las seis

Las cuatro treinta de la tarde, aún faltan noventa minutos para el arribo del tren de las seis. La mujer gorda que espera en la esquina opuesta, golpea a su hija, le grita, su maquillaje vulgar me hace pensar en la leche que dejé derramada en la casa de Joel está mañana. La temperatura bajó otros tres grados, olvidé mi abrigo en el bar, seguro ahora lo tendrá puesto Lola, el grotesco travesti que sin pudor me sobaba las nalgas mientras yo bebía. El hombre sentado a mi lado me impacienta, su pie no para de moverse, parece que marcara exageradamente el tiempo. Anoche perdí la cabeza entre el humo y los tragos, supongo fui yo quien golpeó a Anet, aunque prefiero pensar que no fue así. Las cuatro treinta y siete, quizás si le pido al individuo que agite su pie con mayor vehemencia el tiempo pase más rápido. Un olor familiar inunda  la estación, es el terrible olor de los no lugares, una mezcla entre chanel y baño público. El vigilante me observa, no ha parado de mirar mis zapatos, estoy seguro de haber eliminado los rastros de sangre de mi ropa, pero él huele mi miedo, es como un viejo sabueso que me ausculta desde lejos porque ha detectado el olor a muerte, mi muerte, sabe que estoy muerto, que morí ayer mientras molía a golpes a la pobre Anett. Aún puedo sentir su cuerpo vulnerable ante mi fuerza. Colores, sus gritos fueron colores. La niña de la mujer obesa juega, salta de un lado otro, me estresa su voz chillante. Las  cuatro cuarenta y nueve, la temperatura sigue bajando. El vigilante se acerca al grupo de adolescentes que fuman y parlotean como si quisieran todos escucháramos sus voces. Muy seguramente les ha pedido que guarden silencio para poder escuchar como el corazón intenta escaparse de mi pecho, sé, él sabe soy culpable. Fui yo quien golpeó a Anett hasta dejarla inconsciente, sí fui yo, no puedo negármelo más.  Las  cuatro cincuenta y cinco, un sudor frío me estremece, la mujer vuelve a golpear a la niña mientras la reprende por no permanecer quieta. En la bocina anuncian la llegada del tren de las cinco. ¡Carajo! una hora más de angustiosa espera, debí considerar saltar a las vías una hora antes. El hombre de al lado me pregunta la hora, intenta torturarme, veo el placer que le produce mi angustia al mirar el reloj, no le contesto.  Joel se estará preguntando ahora mismo por mí, pensara que he huido. No está equivocado, pero esta vez no es temporal, no quiero afrontar la vida y huyo para no volver.  Me dirijo a la máquina de refrescos busco mis últimas monedas y  la ira vuelve a apoderarse de mí, se las ha tragado, la golpeo frenéticamente y siento al oficial a mi espalda, me toma por el hombro para pedirme calma.  Calma, calma, como se atreve a pedirle tal cosa a un condenado.  Mis ojos buscan los suyos, pretendo mirarlo hasta asfixiarlo con el odio de mi alma que se exaspera y se derrama por todo mi cuerpo, aprieto los puños y justo antes de atestar el puñetazo en su cara, una gota de lucidez me alcanza, no es conveniente dar a pie a una detención,  de esa forma seguiré sin poder pagar mi condena. Bajo la mirada y me alejo a tomar mi lugar nuevamente. Las cinco con diez minutos, ayer a esta hora Anet me besaba. Siento asco al recordar el sabor dulzón de su saliva.  Nunca entendí porque me amaba.  Una de las adolescente del grupo se sienta a mi lado, me sonríe  yo  evado el gesto y me concentro en observar mis manos.  No quiero justificar mis actos, no quiero salvarme, por el contrario, saltar es la única forma de acabar con el daño. La cinco con diecisiete minutos. La chica se ha cansado de mí indiferencia y se vuelve a incorporar al grupo de cacatúas que son sus amigos.  Es mentira que la adolescencia haya sido para mí un mejor tiempo, no comparto esa estúpida idea de  “tiempos pasados fueron mejores”, cada minuto de vida ha sido una porquería. Enciendo un cigarrillo, los primeros cinco segundos de nicotina recorriendo mi sistema nervioso me hacen temblar, un poco por la resaca, otro poco porqué serán los últimos cinco segundos que pueda sentir este efecto.  La ansiedad se acrecienta, un remolino de ideas confusas me atormenta, no siento miedo, sé muy bien lo que quiero y estoy a unos minutos de conseguirlo, no pregunto sobre cómo habría sido si… está es mi realidad y la asumo. Las cinco treinta y cuatro minutos, la mujer gorda pinturrajea desmedidamente su rostro, la niña se ha quedado dormida. Los adolescentes siguen conversando ruidosamente, como si realmente algo de lo que dijeran tuviera sentido. El vigilante sigue observándome, pero ya no me importa, ni él ni nadie puede detenerme en mi cometido. Miro el reloj, lo contemplo como deidad apocalíptica. La voz en la bocina pide a los pasajeros del tren de las seis preparar sus equipajes, en unos minutos arribara a la estación. Una excitación pueril me invade, se parece tanto a cuando fumé mi primer cigarrillo de mariguana. Después vinieron los polvos, las anfetas, las agujas, los hospitales, la abulia, los llantos, como si llorar valiera la pena en este mundo. Las cinco cuarenta y ocho, me dirijo a los sanitarios y observo por última vez mi rostro en el espejo.  Observo como fantasmas brotan de mi espalda, todos  y cada uno de los que me hicieron este ser miserable, mi madre y sus miles de amantes, mi padre y su  discurso de rectitud, mi abuela y su llanto incesante colmada de golpes de pecho, los profesores y sus discursos gastados sobre el saber y la vida, Joel y su complicidad suicida, Lola y los miles de espantapájaros en los que refugie el cuerpo, Anet y sus ojos suplicantes, su amor incondicional cuando yo menos la quería. Las  cinco cincuenta y nueve me dirijo al andén. Dispongo de unos segundos, escucho el silbato, ha llegado la hora. La voz en la bocina anuncia el arribo del tren, tomo impulso, salto, el impacto destroza cada uno de mis huesos, pero el dolor es momentáneo, puedo ver  mis despojos y sentir, al final tenía razón. La muerte es un orgasmo eterno.




domingo, 25 de septiembre de 2011

El juego



Instintivamente buscas el revólver bajo tu almohada, el frío del metal te hace sentir tranquilo, por un momento te piensas a salvo. Intentas volver a dormir, pero es inútil, el miedo se ha apoderado de ti, es perturbador siquiera cerrar los ojos. En cualquier momento ella llegara. Lo sabes porque ha sido siempre así, predecible, constante. Ella juega contigo los días pares del calendario. El arma sólo tiene un tiro, deseas que sea para ti y esto termine de una vez.

Deambulas aletargado, miras por la ventana, puedes verla entrar en el edificio,  las manos te sudan y todo el cuerpo se estremece. Escuchas el taconeo de sus pasos ya muy cerca de la puerta, por un segundo consideras no abrir, llevas el cañón a tu cien, no quieres seguir en su juego,  no puedes disparar, no puedes parar el juego, es ella tan hermosa,   en lugar de poner fin, abres la puerta aún antes de siquiera escuchar el golpeteo de sus dedos.

Conoce muy bien tu guarida, sabe perfectamente los lugares dónde podrías ocultar el arma, ya has pasado antes por ahí y su sonrisa burlona no es grata,  prefieres entregársela y suplicarle lo haga cuando menos duela, cuando menos en ti te encuentres. Sus labios rojos sonríen y al tiempo que se quita la ropa, menciona como su instinto de bestia no le permite menguar tu dolor en ningún momento.  Ordena te desnudes, te hundes en su cuerpo, la cadencia de sus caderas te hace olvidar el juego. Sientes como el universo revienta en el centro de sus cuerpos.  Primer espasmo: ella acerca el cañón a tu cara dispara, nada. Segundo espasmo es tu turno, apuntas a su corazón, te acobardas, no puedes disparar y si esta vez tocara la bala ¿podrías vivir con ello?,  son las reglas del juego y antes de que el placer mengüe, disparas, nada. Tercer espasmo, ella pone  el cañón en tu boca, aprieta el gatillo, un fuerte estallido resuena, el arma cae, es cuestión de  segundos, ganaste, esta noche por fin ganaste, la bala es tuya, la muerte llega. Pero no pasa nada, sigues vivo y asustado, el sabor del metal  en tus labios, la luz colándose por tus ojos, no pasa nada, sigues vivo, despiertas, ella no vendrá nunca más, una vez que has ganado el juego, no es necesario volver.
Mostrando entradas con la etiqueta imaginario. Mostrar todas las entradas

Mientras tanto.

18:10
…te conoce el tiempo enlazado, el vagabundo erótico que somos te conoce.”
Homero Aridijis
Las mañanas del mundo se conjuntaban de vez en cuando en el centro de su cuerpo, colapsando en mil brillos  obligándola inevitablemente a retorcerse un poco antes de salir de la cama. Hoy era un día de esos.  Pese al estallido de luces, ella se resistió a levantarse, permaneció observando cómo desde su ombligo se proyectaban rayos violetas hasta el techo. Cerró los ojos y comenzó sin intención de dormir, pero sí de prolongar el sueño, a reconstruir el escenario: él estaba ahí, ocupando el lado izquierdo de la cama, aunque esa no pareciera su cama, sino la de ese mundo onírico del que se había apropiado sin pedir permiso. Sus labios ligeramente abiertos dejaban escapar un tenue silbido que no llegaba a ser molesto, ella levantó la sabana y con las luces que se colaban  entre las cortinas se auxilió para observar el cuerpo desnudo postrado a su lado. Recorrió sin pudor cada centímetro  de piel que se le ofrecía  o  por lo menos no se le negaba.  Identificó cada surco, grieta, lunar, cicatriz que aquel cuerpo poseía; imaginó entonces se trataba de un mapa,  el mapa de un mundo desconocido, de una galaxia ajena, que no le pertenecía, que nunca habitaría, pero que esta mañana se le había permitido recrear en el ensueño que precede a la vigilia.  Se preguntó entonces como sería tocarle, andar con sus dedos como peregrinos descalzos por aquellos valles, por un momento sintió la tentación de aproximar sus labios hasta el  hombro derecho, pero temió eso acabará con la fantasía, así que se limitó a mirarle, a evocar  o registrar, no estaba muy segura, el olor de aquel hombre. Se recostó un momento, perdió de vista la imagen que un segundo atrás la ocupaba y se preguntó si él también la pensaría, si bajo aquellos parpados alguna imagen de ella se colaba. ¿De qué color serían sus sueños?  Un suspiro distante, que venía desde su yo que giraba en la cama, la hizo salir del letargo, era momento de despertar.

Read On 0 comentarios

Ella...

21:25
Ella, ese sur perpetuo, ese norte extremo, ese sabor a tierra mojada por el llanto de tres noches de  28  vidas cada una. Ella la de las ideas dispersas y las tristezas largas, la de la noche en la mirada y el verano en los dedos. Ella, ese navío olvidado en mitad del pantano. Ella la de los pies descalzos y las sonrisas en clave. La que abraza, la que hiere, la que ama, la que vive, la que olvida, la que muere, la que siente, la que piensa. Ella, la que no es ella, sino otra, siempre otra, nunca la adecuada, nunca la prudente, nunca la precisa. Ella la que escribe y la que calla. Ella, ese espejo en mitad de la nada, esa puerta sin destino, esa ventana sellada. Ella, ella que no soy yo, pero que sin saberlo yo soy un poco ella. 
Read On 0 comentarios

...

23:54
El universo se contraía en el centro de su cuerpo, los ojos fijos en el firmamento y de a poco la levedad que no ocupa gran espacio para hacer cimbrar al infinito.  Ella conocía el resultado sinnovedad de su obra, mezclarse con el cosmos nunca debió ser un invento. Era tarde para laproducción de arrepentimientos, la creación innecesaria de soledades la rompía y no tenía forma de pararlo, no ahora.
Read On 0 comentarios

Auto retrato

18:39


Soy yo  rumoraba  la noche

Soy yo  jugueteaban mis manos

Soy yo  descalza y con la cara  sucia

Soy yo  la que espera, la que vive, la que sueña

Soy yo gritaron todas

Soy yo esa  piel de fruta

Soy yo esos días sin nombre

Soy yo relámpago y calma

Soy yo   angustia y delirio

Soy yo la que piensa

Soy yo la que habla

Soy yo la que escucha


Soy yo la que no es

Soy yo  carcajada sonora

Soy yo llanto desesperado

Soy yo golpe y silencio

Soy yo todas ellas

Soy yo la bifurcación de las noches

Soy yo cuerpo de larvas

Soy yo mujer de arena

Soy yo nostalgia en las manos

Soy yo humo olvidado

Soy yo ausencia presente

Soy yo con los pies al viento

Soy yo la que habita en la sombra

Soy yo  palabra, memoria y olvido

Soy yo ventana, espejo y silencio

Soy yo corazón y espinas

Soy yo monstruo de mil cabezas

Soy yo casa embrujada

Soy yo insomnio y tristeza

Soy yo colores y excesos

Soy yo  mujer de tres ojos

Soy yo animal de mil sexos

Soy yo miedo y promesa

Soy yo murmuraba la noche

Soy yo contestaba la luna.
Read On 0 comentarios

El tren de las 6

18:11
El tren de las seis

Las cuatro treinta de la tarde, aún faltan noventa minutos para el arribo del tren de las seis. La mujer gorda que espera en la esquina opuesta, golpea a su hija, le grita, su maquillaje vulgar me hace pensar en la leche que dejé derramada en la casa de Joel está mañana. La temperatura bajó otros tres grados, olvidé mi abrigo en el bar, seguro ahora lo tendrá puesto Lola, el grotesco travesti que sin pudor me sobaba las nalgas mientras yo bebía. El hombre sentado a mi lado me impacienta, su pie no para de moverse, parece que marcara exageradamente el tiempo. Anoche perdí la cabeza entre el humo y los tragos, supongo fui yo quien golpeó a Anet, aunque prefiero pensar que no fue así. Las cuatro treinta y siete, quizás si le pido al individuo que agite su pie con mayor vehemencia el tiempo pase más rápido. Un olor familiar inunda  la estación, es el terrible olor de los no lugares, una mezcla entre chanel y baño público. El vigilante me observa, no ha parado de mirar mis zapatos, estoy seguro de haber eliminado los rastros de sangre de mi ropa, pero él huele mi miedo, es como un viejo sabueso que me ausculta desde lejos porque ha detectado el olor a muerte, mi muerte, sabe que estoy muerto, que morí ayer mientras molía a golpes a la pobre Anett. Aún puedo sentir su cuerpo vulnerable ante mi fuerza. Colores, sus gritos fueron colores. La niña de la mujer obesa juega, salta de un lado otro, me estresa su voz chillante. Las  cuatro cuarenta y nueve, la temperatura sigue bajando. El vigilante se acerca al grupo de adolescentes que fuman y parlotean como si quisieran todos escucháramos sus voces. Muy seguramente les ha pedido que guarden silencio para poder escuchar como el corazón intenta escaparse de mi pecho, sé, él sabe soy culpable. Fui yo quien golpeó a Anett hasta dejarla inconsciente, sí fui yo, no puedo negármelo más.  Las  cuatro cincuenta y cinco, un sudor frío me estremece, la mujer vuelve a golpear a la niña mientras la reprende por no permanecer quieta. En la bocina anuncian la llegada del tren de las cinco. ¡Carajo! una hora más de angustiosa espera, debí considerar saltar a las vías una hora antes. El hombre de al lado me pregunta la hora, intenta torturarme, veo el placer que le produce mi angustia al mirar el reloj, no le contesto.  Joel se estará preguntando ahora mismo por mí, pensara que he huido. No está equivocado, pero esta vez no es temporal, no quiero afrontar la vida y huyo para no volver.  Me dirijo a la máquina de refrescos busco mis últimas monedas y  la ira vuelve a apoderarse de mí, se las ha tragado, la golpeo frenéticamente y siento al oficial a mi espalda, me toma por el hombro para pedirme calma.  Calma, calma, como se atreve a pedirle tal cosa a un condenado.  Mis ojos buscan los suyos, pretendo mirarlo hasta asfixiarlo con el odio de mi alma que se exaspera y se derrama por todo mi cuerpo, aprieto los puños y justo antes de atestar el puñetazo en su cara, una gota de lucidez me alcanza, no es conveniente dar a pie a una detención,  de esa forma seguiré sin poder pagar mi condena. Bajo la mirada y me alejo a tomar mi lugar nuevamente. Las cinco con diez minutos, ayer a esta hora Anet me besaba. Siento asco al recordar el sabor dulzón de su saliva.  Nunca entendí porque me amaba.  Una de las adolescente del grupo se sienta a mi lado, me sonríe  yo  evado el gesto y me concentro en observar mis manos.  No quiero justificar mis actos, no quiero salvarme, por el contrario, saltar es la única forma de acabar con el daño. La cinco con diecisiete minutos. La chica se ha cansado de mí indiferencia y se vuelve a incorporar al grupo de cacatúas que son sus amigos.  Es mentira que la adolescencia haya sido para mí un mejor tiempo, no comparto esa estúpida idea de  “tiempos pasados fueron mejores”, cada minuto de vida ha sido una porquería. Enciendo un cigarrillo, los primeros cinco segundos de nicotina recorriendo mi sistema nervioso me hacen temblar, un poco por la resaca, otro poco porqué serán los últimos cinco segundos que pueda sentir este efecto.  La ansiedad se acrecienta, un remolino de ideas confusas me atormenta, no siento miedo, sé muy bien lo que quiero y estoy a unos minutos de conseguirlo, no pregunto sobre cómo habría sido si… está es mi realidad y la asumo. Las cinco treinta y cuatro minutos, la mujer gorda pinturrajea desmedidamente su rostro, la niña se ha quedado dormida. Los adolescentes siguen conversando ruidosamente, como si realmente algo de lo que dijeran tuviera sentido. El vigilante sigue observándome, pero ya no me importa, ni él ni nadie puede detenerme en mi cometido. Miro el reloj, lo contemplo como deidad apocalíptica. La voz en la bocina pide a los pasajeros del tren de las seis preparar sus equipajes, en unos minutos arribara a la estación. Una excitación pueril me invade, se parece tanto a cuando fumé mi primer cigarrillo de mariguana. Después vinieron los polvos, las anfetas, las agujas, los hospitales, la abulia, los llantos, como si llorar valiera la pena en este mundo. Las cinco cuarenta y ocho, me dirijo a los sanitarios y observo por última vez mi rostro en el espejo.  Observo como fantasmas brotan de mi espalda, todos  y cada uno de los que me hicieron este ser miserable, mi madre y sus miles de amantes, mi padre y su  discurso de rectitud, mi abuela y su llanto incesante colmada de golpes de pecho, los profesores y sus discursos gastados sobre el saber y la vida, Joel y su complicidad suicida, Lola y los miles de espantapájaros en los que refugie el cuerpo, Anet y sus ojos suplicantes, su amor incondicional cuando yo menos la quería. Las  cinco cincuenta y nueve me dirijo al andén. Dispongo de unos segundos, escucho el silbato, ha llegado la hora. La voz en la bocina anuncia el arribo del tren, tomo impulso, salto, el impacto destroza cada uno de mis huesos, pero el dolor es momentáneo, puedo ver  mis despojos y sentir, al final tenía razón. La muerte es un orgasmo eterno.




Read On 0 comentarios

El juego

22:32


Instintivamente buscas el revólver bajo tu almohada, el frío del metal te hace sentir tranquilo, por un momento te piensas a salvo. Intentas volver a dormir, pero es inútil, el miedo se ha apoderado de ti, es perturbador siquiera cerrar los ojos. En cualquier momento ella llegara. Lo sabes porque ha sido siempre así, predecible, constante. Ella juega contigo los días pares del calendario. El arma sólo tiene un tiro, deseas que sea para ti y esto termine de una vez.

Deambulas aletargado, miras por la ventana, puedes verla entrar en el edificio,  las manos te sudan y todo el cuerpo se estremece. Escuchas el taconeo de sus pasos ya muy cerca de la puerta, por un segundo consideras no abrir, llevas el cañón a tu cien, no quieres seguir en su juego,  no puedes disparar, no puedes parar el juego, es ella tan hermosa,   en lugar de poner fin, abres la puerta aún antes de siquiera escuchar el golpeteo de sus dedos.

Conoce muy bien tu guarida, sabe perfectamente los lugares dónde podrías ocultar el arma, ya has pasado antes por ahí y su sonrisa burlona no es grata,  prefieres entregársela y suplicarle lo haga cuando menos duela, cuando menos en ti te encuentres. Sus labios rojos sonríen y al tiempo que se quita la ropa, menciona como su instinto de bestia no le permite menguar tu dolor en ningún momento.  Ordena te desnudes, te hundes en su cuerpo, la cadencia de sus caderas te hace olvidar el juego. Sientes como el universo revienta en el centro de sus cuerpos.  Primer espasmo: ella acerca el cañón a tu cara dispara, nada. Segundo espasmo es tu turno, apuntas a su corazón, te acobardas, no puedes disparar y si esta vez tocara la bala ¿podrías vivir con ello?,  son las reglas del juego y antes de que el placer mengüe, disparas, nada. Tercer espasmo, ella pone  el cañón en tu boca, aprieta el gatillo, un fuerte estallido resuena, el arma cae, es cuestión de  segundos, ganaste, esta noche por fin ganaste, la bala es tuya, la muerte llega. Pero no pasa nada, sigues vivo y asustado, el sabor del metal  en tus labios, la luz colándose por tus ojos, no pasa nada, sigues vivo, despiertas, ella no vendrá nunca más, una vez que has ganado el juego, no es necesario volver.
Read On 0 comentarios