Contorsiones. Y 15
Hace 9 horas
Crónicas de viaje desde el espejo
Tenía un amigo, no imaginario espero, hace algunos años,
cuando actualizaba mi blog todos los días y alguna gente perdía un par de
minutos de su vida pasando a leer, en aquellos años no había likes, la banda
comentaba, si le había gustado lo que leían te dejaban alguna notita buena onda,
si no les gustaba algún insulto. Iván,
así se llamaba mi amigo, se involucraba con mis historias, me preguntaba
detalles sobre los personajes, los lugares o la veracidad de lo que yo contaba,
después de largas sesiones de preguntas y respuestas en los comentarios del
blog, intercambiamos correos electrónicos. Comenzamos a enviarnos cartas, nos volvimos
amigos epistolares, era extraño, pero agradable. No tenía yo una imagen física
de Iván, igual pudo tener 4 manos y un bigote pelirrojo, la verdad eso no
importaba. Importaba que me leía atentamente y yo lo leía a él, imaginando su
voz, que tampoco nunca escuché, cada vez que lo leía. Un día Iván dejó de
escribir, nunca supe más de él. El
último correo electrónico que tengo de él, está fechado en septiembre de 2006;
es una respuesta a este correo:
Somos raíz y somos alas. Somos los ojos latentes y atentos que se afanan en tapar.
Somos los indignados que buscamos justicia. Somos los que toman las calles
y los muros, sí los urbanos y los
virtuales, para gritar que estamos cansados de la barbarie en que se nos obliga
a vivir. Somos los que creemos y creamos otro mundo, uno donde ser joven no sea
un crimen. Somos los que no cesamos la búsqueda y exigimos ser todos los que
somos. También somos los desaparecidos. También somos los amigos, los
familiares, los cercanos. Todos somos Ayotzinapa.
La elasticidad del tiempo era un tópico recurrente en sus disertaciones, en realidad pocos prestaban atención a ellas, por lo que podía discurrir libremente sobre el tiempo o los miles de conejos amaestrados que según le había contado su abuela, daban cuerda al reloj universal. Siempre había imaginado ese reloj en un fondo amarillo, color más desagradable, pero no concebía otro que pudiera servir de tapiz a esos millones y millones de segundos que se iban sumando uno a uno para dar paso a épocas enteras. El tiempo según ella, tendría que ser algo así como un resorte, un espiral, una ilusión óptica de esas que parecen girar y girar y seguir girando aunque en realidad nunca se muevan.
Tenía un amigo, no imaginario espero, hace algunos años,
cuando actualizaba mi blog todos los días y alguna gente perdía un par de
minutos de su vida pasando a leer, en aquellos años no había likes, la banda
comentaba, si le había gustado lo que leían te dejaban alguna notita buena onda,
si no les gustaba algún insulto. Iván,
así se llamaba mi amigo, se involucraba con mis historias, me preguntaba
detalles sobre los personajes, los lugares o la veracidad de lo que yo contaba,
después de largas sesiones de preguntas y respuestas en los comentarios del
blog, intercambiamos correos electrónicos. Comenzamos a enviarnos cartas, nos volvimos
amigos epistolares, era extraño, pero agradable. No tenía yo una imagen física
de Iván, igual pudo tener 4 manos y un bigote pelirrojo, la verdad eso no
importaba. Importaba que me leía atentamente y yo lo leía a él, imaginando su
voz, que tampoco nunca escuché, cada vez que lo leía. Un día Iván dejó de
escribir, nunca supe más de él. El
último correo electrónico que tengo de él, está fechado en septiembre de 2006;
es una respuesta a este correo:
Somos raíz y somos alas. Somos los ojos latentes y atentos que se afanan en tapar.
Somos los indignados que buscamos justicia. Somos los que toman las calles
y los muros, sí los urbanos y los
virtuales, para gritar que estamos cansados de la barbarie en que se nos obliga
a vivir. Somos los que creemos y creamos otro mundo, uno donde ser joven no sea
un crimen. Somos los que no cesamos la búsqueda y exigimos ser todos los que
somos. También somos los desaparecidos. También somos los amigos, los
familiares, los cercanos. Todos somos Ayotzinapa.
La elasticidad del tiempo era un tópico recurrente en sus disertaciones, en realidad pocos prestaban atención a ellas, por lo que podía discurrir libremente sobre el tiempo o los miles de conejos amaestrados que según le había contado su abuela, daban cuerda al reloj universal. Siempre había imaginado ese reloj en un fondo amarillo, color más desagradable, pero no concebía otro que pudiera servir de tapiz a esos millones y millones de segundos que se iban sumando uno a uno para dar paso a épocas enteras. El tiempo según ella, tendría que ser algo así como un resorte, un espiral, una ilusión óptica de esas que parecen girar y girar y seguir girando aunque en realidad nunca se muevan.